La película, “El discurso
del rey”, tiene una trama muy interesante y emotiva a la vez. Al principio no
la recordaba y pensé que no la había visto, sin embargo al estarla mirando
recordé que si lo había hecho pero no le había puesto la atención suficiente como
para sentir que me había dejado una enseñanza. Cuando la inicié a ver empecé a
sentirme parte de lo que estaba sucediendo y sufría al ver al rey tartamudear
en el momento preciso en que se disponía a hablar con alguien y aún más cuando
se trataba de una multitud. Poco a poco me fui dando cuenta de que el problema
que él tenía se venía suscitando desde que era pequeño y se enfrentaba a algún
tipo de maltrato por parte de su familia y su niñera.
A pesar de que el rey acudía
a especialistas para que le ayudaran con su problema, no mostraba interés por
mejorar, al contrario, llegaba con una actitud derrotista y pensando que su
condición jamás sería curada y que nadie era capaz de ayudarlo. Además varios
de esos especialistas no demostraban la atención debida a su paciente y en
ocasiones hasta llegaban a la desesperanza de no poder observar cambios.
Sin embargo, este hombre se
encontró con una sorpresa, una persona que le ayudó con su problema y que se
intereso por lo que le estaba sucediendo. A pesar de no ser doctor, él tenía la
habilidad de transmitir confianza hacia las personas y así las ayudaba a creer
en ellos mismos. De este modo, el rey fue venciendo sus miedos y traumas del
pasado, los cuales obstaculizaban sus metas.
Este tipo de películas me
hacen pensar que hay ocasiones en las que nos predisponemos a tal grado de que
bloqueamos nuestros sentidos y nuestras habilidades. Existen momentos en la
vida que puede parecer difícil de enfrentar, sin embargo nada es tan difícil
que no tenga solución alguna. Cada vez que nos enfrentamos a algo nuevo, el
temor a fracasar se presenta y es latente a cada momento, terminándose solo
hasta el instante en que el coraje, la confianza y la firme decisión de
enfrentarlo se vuelve necesaria.
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