“Quienes han tratado
de explicar el desinterés de los jóvenes por el conocimiento escolar encuentran
que uno de los obstáculos para la apropiación del saber está representado por
las prácticas de enseñanza, ya que éstas han priorizado la memorización y el
enciclopedismo sobre la participación activa de los estudiantes en la
adquisición de conocimientos y habilidades significativos para su vida presente y futura”. (Tirado, 1990;
Quiroz, 1992).
Realizar una práctica dentro
de una escuela secundaria no sólo significa estar frente a grupo y exponer el
tema asignado, al contrario, es una oportunidad de aprendizaje tanto para
alumnos como para el profesor, donde al final la reflexión de la misma
enriquecerá la experiencia. Es este caso, la clase presentada a los jóvenes fue
dentro de la escuela secundaria técnica 10 “República Italiana”. A pesar de que
han pasado ya varios días de lo que experimenté dentro del salón de clases, los
recuerdos aún siguen presentes y cada vez que pienso es ello, encuentro algo
nuevo que me hace pensar en lo que sucedió o específicamente qué hice yo para
que las cosas saliera bien o mal dentro del salón de clases.
“Es esencial en ese
momento que los alumnos nos perciban como maestros que saben lo que quieren,
tienen un plan racional y dan una clase interesante. Quizá también nos defraude
un poco en este primer encuentro la capacidad de rendimiento de la clase, en
uno u otro punto, quizá la pronunciación correcta del idioma propio o
extranjero no sea satisfactorio, los alumnos no
sean tan buenos como pensábamos en cálculo aritmético, o no sepan las cosas que
suponíamos en ciencias naturales. Debemos tener cuidado de no hacer quedar mal
a ninguno ni de manifestar nuestro desencanto con sus deficiencias. Eso sólo
perjudicaría nuestro primer contacto. Nos comportamos de manera neutral,
objetiva; sólo nos proponemos en nuestro interior modificar esto o aquello.” Hans Aebli (1998)
Mi primera clase de práctica
inició de esta forma, con una imagen que mostraba a dos personas en su
habitación, buscando la vestimenta adecuada para usar en una noche de
concierto. Les pedí a los alumnos que hicieran una lluvia de ideas acerca de lo
que podían observar en la misma. Después, le entregué a cada alumno una
conversación escrita para que pudieran seguir la lectura que se iba a hacer y
la cual tenía relación con el dibujo presentado. Durante esta actividad me
faltaron varias cosas, la más importante fue que, les presenté la información
pero no la contextualicé lo suficiente como para que los alumnos captaran la
idea desde un inicio. Esto fue a casusa de que al terminar la lectura de la
conversación pasé rápidamente al siguiente paso.
El comportamiento y
cooperación de los adolescentes fue excelente, ya que estaban tranquilos y
prestando atención al momento de que se les presentó el trabajo y además participaron
en la lluvia de ideas y en la presentación del modelo de la clase. Sin embargo,
la cuestión ahí fue mía, puesto que si ya tenía la atención de ellos, pude
haber hecho algo más con el contexto para que se sintieran más atraídos al tema
y para que se les hubiera hecho un poco más fácil entender de lo que estaba
hablando, tal vez haciendo una representación frente a ellos por ejemplo.
A pesar de estos errores,
logré que los jóvenes atendieran a lo que yo estaba haciendo y pude darme
cuenta de que varios de ellos estaban respondiendo a mis cuestionamientos de
forma correcta. Eso me motivó y quitó los nervios con los que inicié la clase y
gracias a esto me relajé y me di cuenta de que éste suceso despertó en mí un
interés especial por seguir con la clase y tratar de hacerla amena pero
entendible para ellos. La actitud que tomé hacia el grupo en este momento me
ayudó bastante para continuar.
“Tenemos que hacer el
propósito de no mostrarnos susceptibles cuando algo no marche como lo
esperamos; cuando un alumno realiza alguna torpeza o intenta provocar. Sabemos
que las reacciones desproporcionadas son señal de debilidad y serán entendidas
como tal por los alumnos.” Hans Aebli, (1998).
Hasta éste momento, el
manejo de control del grupo estuvo muy bien porque mientras les presentaba la
información pude tomarme un momento para observar qué hacían los jóvenes y la
mayoría de ellos estaban atentos a la actividad.
El siguiente paso fue la
observación reflexiva. Después de la lectura pregunté si observaban algo
diferente dentro de la conversación escrita para así poder mostrarles el modelo
de la clase en una cartulina en grande pegada en el pizarrón, la cuál
contrastaría con la imagen presentada anteriormente. Aquí, trataba de acentuar
lo más importante para que ellos reaccionaran y se dieran cuenta de que lo
resaltado era lo que estaríamos aprendiendo. Pasé a mostrarles diferentes
ejemplos escritos e imágenes que los ayudarían a comprender un poco más.
Durante éstos hacía preguntas para verificar el grado de comprensión que
estaban obteniendo. Posterior a esto, se presentaron ejemplos utilizando
pertenencias de los jóvenes y apoyándome en ellos para representarlos. Aquí trataba
de que fueran los alumnos los que me dieran ideas similares a las que se habían
presentado y una gran parte de ellos así lo hicieron, entonces esto me dio
pauta para continuar con la siguiente actividad.
“Los alumnos suelen
estar de acuerdo en que un buen maestro es aquel que explica los contenidos de
su materia de forma que ellos entiendan. Un buen maestro hace su clase
"amena" y "despierta" el interés de sus alumnos por
aprender -aunque de entrada la materia en sí misma no les resulte atractiva- y
los "hace pensar"; además, permite que los alumnos participen
discutiendo los temas, exponiendo ante el resto del grupo, investigando y
trabajando en equipos dentro del salón de clases.” Santos del Real (1999).
La observación reflexiva
resultó de forma positiva porque los alumnos parecían interesados por los
diferentes factores involucrados, uno de ellos, el material. El contenido que
se les estaba proporcionando lo estaban captando y había bastante participación
de su parte, participación efectiva, ya que las respuestas que me daban eran
correctas. Además, involucrarlos en el proceso fue una excelente idea, ya que
poco a poco ellos se iban dando cuenta de lo que estaban haciendo y por
consecuencia el resto del grupo, o la gran mayoría también lo hacían.
Con respecto al control del
grupo, creo que implementé una buena estrategia, porque a pesar de que se
observaba que había movimiento de alumnos, lo hacían porque querían participar
pero en ese momento se dieron instrucciones de que sólo unos cuantos eran los
que pasarían al frente y así lo hicieron.
Como en ese momento sentí
que los alumnos estaban listos para continuar, proseguí con la
conceptualización abstracta donde el material presentado ayudó positivamente,
elevando aún más el interés y la motivación de los jóvenes. Fue aquí, donde
pude observar el propósito de mis materiales visuales, ya que motivaron a los
alumnos aún más. Al reflexionar sobre éste momento, recordé lo que nos había
comentado el maestro Diego acerca de la ecuación motivacional. Ésta mencionaba
que los alumnos tienen necesidad de aprender, de avanzar del punto donde se
encuentran hasta llegar a su meta. Donde sus expectativas los llevarán a
sentirse capaces de hacer todo lo que se les requiere y aún más, todo esto con
éxito y encontrar que el valor de su trabajo no será en vano. A partir de este
suceso fue donde inicié a tratar de concretar las ideas con la ayuda de los
jóvenes. Sin embargo, fue en este paso donde, en algunos de ellos, empezó a
surgir confusión y dudas mientras otros continuaban participando sin problema.
La situación fue que no
detecté estos imprevistos a tiempo porque si un grupo de alumnos tenía la misma
duda pude haberla aclarado al frente para generalizarla y así tratar de que
quedara más clara, pero no fue así. A consecuencia de esto, el control del
grupo empezó a quebrantarse un poco, ya que los alumnos que no entendían se
sentían perdidos sin saber qué hacer.
A pesar de este suceso,
continué con la clase, presentando la así llamada experimentación activa. Se
les proporcionaron materiales a los jóvenes para que realizaran una actividad
donde ellos demostrarían el grado de comprensión que había adquirido. Sin
embargo, a consecuencia de lo que pasó anteriormente, no todos los alumnos
lograron terminar el trabajo como se les había pedido. Las dudas entre algunos de
ellos seguían existiendo y me vi en la necesidad de acudir a ellos para aclarar
sus dudas de forma personal. Recorrí los espacios entre los alumnos para
monitorear el trabajo que estaban realizando. Mi sorpresa fue que, aunque tenía
el temor que esas dudas se hubieran expandido, la mayoría de ellos estaban
recreando el ejemplo que se les había presentado no sólo con imágenes sino
también con oraciones que identificaban a las mismas.
Lamentablemente el tiempo se
terminó y aunque hubo algunos que no realizaron el ejercicio correctamente,
todos lo entregaron a la maestra titular, la cuál les comentó que los tomaría
en cuenta para su clase. En esta actividad fue donde repercutió mi falta de
observación con respecto a las dudas del grupo, ya que de haberlo hecho tal vez
el grupo completo habría realizado la actividad de forma correcta y completa.
Sin embargo, una de las cosas buenas y gratificantes fue ver que por lo menos
la mitad o más de la mitad del grupo entendieron el tema que les presenté.
El manejo del grupo, en esta
sección de la clase, fue un poco más difícil. Los jóvenes que no entendía
empezaban a desesperarse y a llamarme constantemente para que les ayudara a
realizar la actividad ya que tenían la presión de entregarla a la maestra para
que les contara en su calificación del primer bimestre. Entonces el nivel de
ruido empezó a aumentar a causa de lo ocurrido. Sin embargo, a pesar de esto los
alumnos no se salieron totalmente de control.
Con respecto a las
observaciones por parte de mi profesor de OPD acerca de la clase que impartí.
No tuve la oportunidad que me las entregara en el momento ya que fue en la
última hora. Al siguiente día, acudió a la escuela y me pidió que saliera del
salón para que pudiera comentarme lo que estuvo bien y en lo que tengo que
mejorar. El profesor me entregó una rúbrica donde venían diferentes puntos a
evaluar durante la clase y con referencia a ésta me dijo que la clase que había
dado fue buena. Sus puntos fueron que la actitud que había mostrado frente al
grupo me había ayudado a mantener el interés de los alumnos, los materiales
creados fueron excelentes ya que estaban ligados a los intereses de los
jóvenes, las actividades creadas se explicaron de forma que los estudiantes
entendieran, además de que mi lenguaje corporal iba acorde a lo que decía por
lo tanto me ayudaba más a que los adolescentes entendieran el mensaje, el
lenguaje que utilicé fue correcto sin embargo pude haber utilizado palabras un
poco más comunes y fáciles de entender para los alumnos. El control del grupo
en general fue bueno ya que hubo participación y coordinación de actividades.
Los aspectos en los que
tengo que mejorar son la implementación de warm-ups y en utilizar más a mi
favor el contexto presentado a los alumnos, es decir, darle un uso más amplio y
que no sólo sea una introducción a la clase sino una de los aspectos más
importantes que me darán la pauta para una clase con éxito.
Aunque en la clase que impartí
me fue bien, sé que aún tengo mucho por aprender porque esto sólo fue el inicio
de nuevas experiencias que vendrán y nuevos retos que tendré que enfrentar. Por
lo tanto, cada aportación con respecto a mi práctica y cada una de las
observaciones, significan una oportunidad de seguir adelante y mejorar tanto en
mi desempeño dentro del aula, como en las planeaciones futuras donde estos
aspectos influirán en mi forma de organización.
“Es decir, que la
única manera de respetar la libertad y el normal desarrollo de las actividades
infantiles será acomodar a ellas nuestra acción y sólo podremos lograrlo si
prevemos, si meditamos, si preparamos cada día, las tareas que en la escuela
han de ser realizadas. Es una concepción falsa la de creer que la autonomía
absoluta de la clase y la improvisación de lo ocasional son las formas
auténticas de la educación activa.”
Ballesteros y Usano, (1964).